La historia de cinco mexicanos que han vencido a la muerte



Por Humberto Padgett
padgett@eme-equis.com.mx
Fotografias: Eduardo Loza


Cadáveres andantes, muertos en vida, cuerpos sin alma, vidas sin vida. Mujeres, hombres, niños, jóvenes, en etapa terminal. Condenados a muerte, han salido de ella para mostrar que no han sido vencidos. David, Alejandra, Josué, Niza, Miguel Ángel portan el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Están enfermos, tienen Sida, pero eso no ha significado la capitulación total. Tienen 10, 15 o 20 años de combatir, armados con cócteles de medicamentos y determinación. Años de evitar ser parte de los 4 mil 500 mexicanos que fallecen anualmente a causa del Sida. Viven cada día con la idea de que no será el último de sus días. Son los sobrevivientes a la negligencia, la discriminación, son los sobrevivientes al Sida.

I. ‘El Zapata’ vive y vive

Otra llamada de Estados Unidos, otro amigo muerto. El teléfono de David Urbina se había convertido en un instrumento terrible: por él escuchó el desfile de ataúdes de conocidos suyos.
Uno murió en San Francisco. Otro en Los Ángeles. Varios más en Nueva York y Chicago, ciudades en las que originalmente estalló la epidemia.
En 1983, el “cáncer rosa”, como se llamó en sus inicios al virus, llegó a la ciudad de México. Un amigo cercano de David enfermó y poco después moriría.
Era mayo de 1986. La mala noticia se transformó en un presentimiento que se le atoró en la garganta.
 “Si ya se murieron tantas personas amigas mías en el extranjero, lo más probable y lo más conveniente es que sepa si soy parte de los que van a morir”, reflexionó.
Tragó saliva y se hizo análisis de laboratorio. Recogió los resultados tres semanas después.
Ese año, ese día, la mundialista Ciudad de México retumbaba por la victoria de la selección nacional de fútbol sobre Bélgica.
Entró al consultorio médico. Le dispararon la noticia a quemarropa: “VIH positivo”. La angustia lo atravesó. Sin reponerse aún, le aplicaron un cuestionario “inquisidor” y “torturador” sobre su vida sexual.
Algo debió tartamudear. Pensó en un teléfono sonando en alguna parte del mundo: “David murió de cáncer rosa”, sería la última noticia de él.
Salió a la calle. Entró a la estación Coyoacán del Metro. Traspasó la línea amarilla de seguridad del andén. Vio al tren naranja acercarse a toda velocidad.
Tomó una última bocanada de aire.
Pero no saltó.
No moriría ese día. No por lo menos de esa manera.